Las agustinas descalzas son hijas del fervor apostólico de san Juan de Ribera.
Desde que en 1562 "nuestro Señor fue servido de encargarme oficio de pastor",
según escribe él mismo en carta de diciembre de 1598 a la fundadora de Alcoy, uno de sus más profundos anhelos había sido siempre "ver perfecta y cumplida
perfección en los monasterios de monjas". Entre 1571 y 1574 propuso sus planes a
santa Teresa y diez años más tarde volvió a entrar en contacto con los carmelitas descalzos. Pero la oposición de la santa a sujetar sus fundaciones a la jurisdicción del ordinario bloqueó las conversaciones y le obligó a buscar otros caminos. Recurrió entonces a las canónigas regulares del convento valenciano de San Cristóbal, con cuya priora estaba en comunicación desde hacía varios años, y con ellas fundó en Alcoy (1597) el primer convento de agustinas descalzas, a las que dio la regla de san Agustín y las constituciones de santa Teresa, que, corno es sabido, reproducen fielmente los ideales del movimiento recoleto y descalzo de la época. Sus rasgos más característicos son la clausura estricta, las dos horas diarias de oración mental, la perfecta vida común, la familiaridad y sencillez de vida, con la consiguiente proscripción de privilegios y títulos honoríficos, la pobreza rea], los ayunos prolongados, la tosquedad de los edificios, el trabajo común y las comunidades pequeñas.

San Juan de Ribera respetó la substancia de las constituciones teresianas, pero
sin renunciar a introducir algunas modificaciones. Muchas son simples retoques
redaccionales. Las de más transcendencia reflejan el status jurídico de la comunidad. En neto contraste con la santa, él quiso que permaneciera sujeta "a nos y a nuestros sucesores los reverendísimos arzobispos de Valencia" (Constituciones, cap. 1).

La nueva reforma, favorecida por discípulos y admiradores del santo patriarca,
se extendió con relativa rapidez por los antiguos reinos de Valencia y Murcia. En 1604 el duque de Lerma abre en su señorío de Denia el segundo convento. Al año siguiente el patriarca la implanta en su propia sede, introduciéndola en el antiguo convento agustino de Nuestra Señora de la Misericordia, que trocó su título por el de Santa Ursula. Y en los años siguientes se sirve de la buena voluntad de algunos fieles para extenderla a Almansa (1609), Ollería (1611) y Benigánim (1611) En las dos primeras fundaciones intervino el padre Jerónimo Gracián, el célebre discípulo y admirador de santa Teresa. Pero en ninguna de ellas su intervención debió de ser determinante. El impulso decisivo vino siempre de otras personas. Almansa fue obra de los hermanos Ana y Lázaro Galiano y de la madre Mariana de san Simeón (1571-1631), la primera profesa de Denia. Esta misma religiosa, requerida por el obispo don Francisco Martínez, dio vida en 1616 al convento de Murcia. Cinco años antes, en junio y julio de 1611, ocho religiosas del convento de Santa Ursula habían abierto los de Benigánim y Ollería. Este tuvo que defender su carácter agustiniano contra las intromisiones de los dominicos del pueblo. En Segorbe, por el contrario, todo fueron facilidades. Llegaron en 1613, llamadas por el obispo Pedro Ginés de Casanova, que con ello se proclamaba de nuevo discípulo y continuador de san Juan de Ribera. La última fundación surgió en Jávea por obra de la madre María de Jesús (1612-1677), que, con el apoyo de algunos influyentes franciscanos y del propio duque de Gandía, logró instalar en 1663 la descalcez agustiniana en un convento destinado inicialmente a acoger una comunidad de clarisas o carmelitas descalzas.

Tanto la construcción y aderezo de iglesia y convento como la dotación de la
comunidad corrían a cargo de patronos y fundadores. Pero no todos disponían de los mismos medios. En Alcoy, Denia, Valencia y Segorbe las religiosas encontraron iglesias y conventos dignos y pudieron organizar su vida regular desde el primer momento. En las demás fundaciones la modesta condición de los patronos u otras circunstancias desfavorables impusieron ritmos más lentos. En Almansa y Murcia fue necesaria toda la energía y clarividencia de la madre Mariana de san Simeón para sacar a flote la fundación. En Jávea también hubo que hacer frente a grandes dificultades, sobre todo tras la temprana muerte de Miguel Pons (t 1664), su gran bienhechor.

Los edificios y las celdas solían ser pequeños y modestos, pero no desaliñados.
Y no faltaron iglesias ricamente adornadas. Destacamos las de Segorbe y Murcia. La primera, sufragada por el obispo-fundador, que encargó (1620) su construcción a un religioso capuchino, atesoraba valiosas cuadros de Jacomart, Ribalta y otros pintores famosos. La segunda, de tres naves, con crucero y una hermosa cúpula de Ruiz Melgarejo, fue bendecida el 13 de octubre de 1729 y poseía hermosas tallas de Francisco Salzillo, de su discípulo Roque López, del presbítero Femando Martín y de otros escultores de renombre. También eran de buena factura las de Valencia, Almansa y Benigánim, esta última construida en plena guerra de la Independencia, entre 1803 y 1811.

Durante siglo y medio ninguna de estas comunidades experimentó sobresaltos
mayores. Ni siquiera la guerra de Sucesión turbó demasiado el ritmo de su vida. Sólo me consta que en 1706 la comunidad de Segorbe acogió durante unos días a las dominicas de Villarreal, que habían sido expulsadas de su monasterio por e] conde de Torres. Las vocaciones cubrían los 21 puestos disponibles y las rentas eran suficientes, al menos durante los primeros decenios, para asegurar su modesto sustento. Luego cambió la situación. En 1778 el arzobispo de Valencia informaba a Roma que de los seis conventos descalzos de su diócesis, sólo dos, los de Benigánim y Ollería, estaban "suficientemente dotados para mantener a sus respectivas religiosas en vida común y el divino culto de sus iglesias con la decencia que corresponde".,Los demás se hallaban "extremadamente pobres".

Los únicos acontecimientos que rompían la aparente monotonía de su vida eran
los embates de la naturaleza y las enfermedades, frecuentísimas en aquellos tiempos de epidemias, de alimentación deficiente y de una tensión ascética no siempre bien dirigida. Las aguas torrenciales las pusieron en serios peligros y en alguna ocasión llegaron a cuartear los cimientos de algunos monasterios. En 1778 el obispo de Valencia escribía que la iglesia de "Ollería, que es reducida y obscura, está próxima a desplomarse" y el convento de Denia también necesitaba "de algunos reparos".

A lo largo de todo este tiempo el nivel religioso de las comunidades fue
siempre muy elevado. Tanto los arzobispos de Valencia como los obispos de
Segorbe dan público testimonio de él. En sus informes a Roma hablan una y otra vez de su vida ejemplar, de la escrupulosa fidelidad a sus constituciones y de la exactitud con que observan la vida común y la disciplina regular. Su vida de piedad, nutrida con largas meditaciones y con una inusitada frecuencia de la comunión, reservaba una atención especial a la pasión de Jesucristo, tiernísimamente evocada en los libros de sus escritoras más representativas, y a la Virgen María. En 1690 la comunidad de Benigánim se dio por "titular, patrona, madre y priora perpetua a la Purísima Concepción". La de Murcia rezaba a diario el rosario en comunidad. Hacia 1700 Juana de la Encarnación se ofrece como esclava a María y firma e] aeta con su propia sangre. E] estrecho contacto con los círculos espirituales más inquietos de cada momento les ayudó a mantener siempre alta su tensión espiritual. A principios del siglo XVII participan del fervor teresiano de san Juan de Ribera y sus discípulos; luego sintonizan con los franciscanos descalzos y recoletos del levante y buscan sus directores entre los jesuitas más experimentados. En ese clima surgieron numerosas almas ardientes, enamoradas de Dios, que consignaron sus experiencias espirituales en autobiografías y valiosos escritos místicos.

Las agustinas descalzas han vivido siempre en íntima simbiosis con el tejido
social y eclesial del levante español. De él han recibido la mayoría de sus vocaciones y a él le unían devociones y costumbres locales. A finales del siglo XVIII funcionaba en el convento de Murcia una capilla de música que abonó 2.000 reales al escultor Roque López por una imagen de santa Cecilia. En 1805 la congregación de nobles del Santísimo Sacramento estableció en el de Alcoy la Real Congregación del Alumbrado y Vela. Sus relaciones con la jerarquía también han sido siempre intensas y cordiales. La comunidad de Alcoy participó en la fundación de las servitas de Valencia. Los arzobispos de Valencia, a cuya diócesis pertenecían seis de sus nueve conventos, se consideraron siempre como sus padres y protectores naturales. Uno de ellos envió a un grupito de monjas de Alcoy para reformar a las servitas de la capital.

Los de Segorbe, que hasta 1671, en que el obispo Vives de Rocamora trajo las
carmelitas descalzas a la villa de Caudiel, no tenían otro convento de clausura en la diócesis, se preocuparon siempre de su bienestar espiritual y material. El de Murcia fue objeto de la predilección de varios obispos. Francisco de Rojas (1663-84) costeó la construcción de parte del convento definitivo. Juan Mateo López (1742-52) le regaló el retablo del altar mayor. Y cuatro obispos "quisieron esperar la resurrección de los muertos bajo sus marmóreas losas". Con la invasión de los ejércitos napoleónicos comienza una larga época en que periodos de paz y relativa bonanza se van alternando con otros de persecución y zozobra. En éstos las monjas sufren persecuciones, despojos, incendios, hambre, expulsiones y hasta la cárcel y la muerte. Los momentos más difíciles fueron los años de la desamortización de Mendizábal y la guerra civil. En la primera el gobierno las despojó de sus propiedades, se incautó de sus papeles, las sometió a toda clase de injerencias y humillaciones y, con el fin de terminar con ellas, les prohibió admitir novicias. El convento de Ollería fue suprimido. Sus religiosas fueron incorporadas a la comunidad de Alcoy y con ella permanecieron hasta agosto de 1849, en que, gracias a la benevolencia de las autoridades locales, pudieron reabrir su convento.

Durante la guerra civil ninguno de sus conventos escapó a la furia incendiaria de la plebe, y sus religiosas se vieron obligadas a buscar refugio entre sus familiares o en otras casas particulares. En Murcia y Segorbe las turbas profanaron las tumbas de sus respectivos fundadores. En Benigánim desapareció el cuerpo de la beata Inés, que era su principal tesoro. El convento de Valencia quedó convertido en una de las checas más crueles de la ciudad. Y todos los demás perdieron cuadros e imágenes de Ribalta, Salzillo, Senén Vila, y otros artistas de valor, así como ropas, cálices, ornamentos y un sin fin de alhajas que la piedad popular había ido acumulando en ellos a lo largo de los siglos. Sólo el convento de Segorbe perdió en la contienda cerca del millar de objetos artísticos. Sor Concepción López sufrió ocho meses de cárcel en Almansa. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, milicianos de Algemesí fusilaron en las afueras de Alcira a sor Josefa Purificación Masiá, religiosa del convento de Benigánim junto con su madre y tres hermanas capuchinas.

Otros momentos difíciles fueron la guerra de la Independencia y el sexenio liberal. En este último el gobierno volvió a prohibir la admisión de novicias, clausuró los conventos abiertos después de 1837 y ordenó la reducción de los demás a la mitad. Afortunadamente, gracias a la resistencia de las autoridades locales y a la protección de personas influyentes esta última cláusula pudo ser sorteada. La comunidad de Alcoy contó con el apoyo inteligente e incondicional del presbítero José Villaplana Gisbert; y la de Segorbe, con la del vicario capitular de la diócesis. A los pocos días de la promulgación de la ley elevó una instancia al gobierno, solicitando la conservación del convento alegando razones de orden público y la inexistencia en la diócesis de otro convento de la orden que pudiera acoger a sus religiosas.

En estas adversidades la comunidad dio claras muestras de su salud espiritual. Ni la exclaustración, con la consiguiente dispersión de sus miembros, ni la extrema indigencia, ni el progresivo envejecimiento de la comunidad ni otras mil extralimitaciones de las autoridades fueron suficientes para socavar sus ideales religiosos. Apenas las circunstancias lo permitían, volvían a reanudar la vida regular con renovada esperanza. En 1819 el arzobispo de Valencia escribía que durante la pasada guerra casi todas las monjas habían permanecido fieles a las exigencias de su "instituto", edificando al pueblo cristiano con su ejemplo y regresando al convento apenas los invasores salieron del país. Tras la desamortización su recuperación también fue muy rápida. Apenas el estado reconoció en 1851 su derecho a la subsistencia y les autorizó a recibir novicias, sus claustros volvieron a alegrarse con las voces de la juventud. La comunidad de Ollería comenzó a reorganizarse ya antes del concordato. La de Segorbe completó el número constitucional antes de 1868 y la de Benigánim lo alcanzaría un poco más tarde.

En 1939 la restauración de la vida conventual tropezó con mayores dificultades. Algunos conventos habían sido pasto de las llamas; otros servían de cárceles o cuarteles; y todos estaban inhabitables. La comunidad de Almansa no pudo restablecer la clausura basta finales de junio de 1945. Un año más tarde gran parte del convento de Murcia continuaba ocupado por las víctimas de las inundaciones. Denia y Segorbe pospusieron la restauración de la clausura papal hasta bien entrada la década de los cincuenta. La de Jávea tuvo que construirse un nuevo convento, pero gracias a la ayuda de "Regiones Devastadas" en 1944 ya pudo trasladarse a él.

Durante varios años las comunidades se debatieron en medio de una pobreza extrema, que llegó hasta obligarlas a enajenar cuadros e imágenes artísticos. La de Murcia se desprendió, entre otros objetos de valor, de un crucifijo de Salzillo, del busto de Nuestra Señora de la Leche y del tríptico de Senén Vila sobre la Virgen de Guadalupe. La de Segorbe obtuvo permiso para enajenar el famoso cuadro de Jarcomat, por el que el ayuntamiento de Bilbao llegó a ofrecer un millón de pesetas.

Por fortuna, al fin pudo evitarse su venta. El fervor religioso que envolvía la nación y la relativa abundancia de vocaciones permitieron la recuperación de varias de sus comunidades. Pero otras continuaron muy mermadas de personal. En 1952 sólo Alcoy tenía el cupo completo. Murcia, Segorbe y Jávea se acercaban a él, mientras que las comunidades de Benigánim, Ollería, Almansa y Denia o no llegaban a la mitad o estaban formadas por personal muy avanzado en años. La atención espiritual también dejaba bastante que desear.

Tras la promulgación de la constitución apostólica Sponsa Christi, del 2 de noviembre de 1950, los agustinos recoletos promovieron la federación de sus conventos, que fue aprobada por la congregación de religiosos el 27 de julio de 1957. Al principio entraron en ella los conventos de Valencia, Benigánim, Jávea, Murcia, Ollería, Segorbe y Valencia. La casa madre de Alcoy se incorporó bastantes años más tarde y los conventos de Almansa y Denia prefirieron unirse a la federación de las recoletas. Su primera presidenta fue la madre Clara del Santísimo Sacramento, del convento de Segorbe, que fue elegida en abril de 1958. Sus asistentes espirituales han sido siempre religiosos agustinos recoletos. Otros agustinos recoletos han acompañado a las religiosas en sus capítulos y en la acomodación y redacción de sus constituciones, que, tras una antesala de tres años, fueron aprobadas por la santa sede el 23 de diciembre de 1988.