Josefa Teresa Albiñana y Gomar, nació en Benigánim (Valencia) el 9 de febrero de 1625. Perteneció a una familia de labranza escasa y a un hogar de piedad cuajada de la que se podría contar mucho de penurias y desgracias: la muerte temprana del gemelo de Josefa y, enseguida, la del padre. Tuvo que dejar su casa y buscarse la vida como criada de un tío suyo acomodado e intratable que por una nadería llegó a soltarle un escopetazo.

Tan piadosa como simple, lo que en Josefa llama la atención de inmediato es su cortedad: se hacía entender en su rudimentario valenciano natal, que otra lengua no sabía ni supo nunca. Y, para que su simpleza a nadie le pasase inadvertida, el confesor le tenía ordenado ir por el pueblo mordisqueando siempre un mendrugo. Josefa, deseaba ardientemente ser monja, y el confesor –de acuerdo con las ideas del tiempo– la ejercita en la humildad y el abandono del mundo: la hace aparecer como la "tonta del pueblo". Sin embargo, Josefa es algo totalmente distinto. Además de sus cortos alcances, padece epilepsia, mostrando las carencias afectivas normales en infancias como la suya y, para colmo, todo se le complica con los trastornos propios de la pubertad. Sin embargo, alimenta un fuego interior intensísimo. Más aún, es justamente ahora, a sus 12 ó 14 años, cuando tiene la experiencia fundamental de su vida.

Estaba un día ocupada en lavar pañales, cuando se dice que tuvo una visión: se le apareció Jesús vestido con túnica morada y envuelto en un halo deslumbrador. Le preguntó a Josefa si quería ser su esposa, a lo que ella accedió con entusiasmo. Ésta fue como su experiencia mística fuente; su vida será después un mosaico de visiones y revelaciones, pero la raíz y punto de referencia será siempre este momento. Cuando las monjas querían disparar en ella el resorte del éxtasis, sólo tenían que preguntarle por el Nazareno de la O –que así lo nombró la Beata, echando mano de la única letra que conocía, la redonda–. Esta experiencia significó para ella la entrega total. Josefa será siempre en lo mental una niña, y desde ahora, cuenta la historia, que Cristo se le manifiesta como a tal, sin filtros de ciencia o doctrinas y atenuando al máximo el velo de la fe. A partir de este momento, todo el afán de Josefa es meterse monja y vivir sólo para su Esposo. El convento que más a mano tenía era el de las agustinas descalzas, en el mismo Benigánim. Lo había fundado poco antes de morir, en 1611, el célebre patriarca de Valencia, Juan de Ribera. Pero de momento encuentra dificultades para ser admitida. Ella cree que las monjas no la aceptan por ser pobre y no poder pagar la dote; pero las reservas de las agustinas descalzas proceden más bien de que la aspirante les parece demasiado corta de ingenio. A fuerza de esperar e insistir, Josefa conseguirá al fin ser admitida. La aceptan para hermana lega, esto es, para dedicarse de lleno al trabajo manual en las labores del convento, mientras que la mayor parte de las monjas, que saben leer, pasan largas horas en el coro cantando el oficio divino.

Josefa Teresa Albiñana y Gomar ingresa en el convento el 25 de octubre de 1643, a sus 18 años y del que ya no saldrá. Esta será la casa de la Beata durante 53 años; puede decirse que el único hogar de su vida. Aquí vivirá feliz, en permanente luna de miel con su divino Esposo. Una vez transcurridos los ocho meses de prueba, viste por primera vez el hábito descalzo el 26 de junio de 1644, y al fin profesará al año siguiente, el 27 de agosto. Debido probablemente a su inocencia infantil, recibe el nombre religioso de Santa Inés, la mártir niña. Josefa de Santa Inés va a ser su nombre oficial y en 1690, todas las hermanas intercalarán el "María" por devoción; según costumbre, será siempre llamada "hermana Inés". En el convento, Inés será la Nina –"la Niña"–; porque todas las hermanas ven que en lo mental es una chiquilla de tres años y cariñosamente le toman el pelo durante el recreo, después de la comida. Le preguntan por su edad, sabiendo que dirá tener tantos diezes, porque sus cuentas acaban con los dedos de las manos. Nunca llegó a saber qué son los escrúpulos. Un día preguntó el significado de la palabra y una hermana guasona le dijo que eran atún con cebolla, e Inés así lo creyó y «escrúpulos» llamó al atún con cebolla hasta su muerte.

En ella, los éxtasis producidos por la epilepsia no son otra cosa que el deslumbramiento ante las personas de Cristo y los santos vistas directamente. Estamos en tiempos en que se respira una atmósfera social de gran densidad religiosa. Cualquier actividad, lugar y momento de la vida es signo y recipiente de las realidades celestiales. Sobre todo en los conventos, donde con toda intensidad se cultiva el ambiente espiritual.

La historia sigue diciendo que para Jesús era Inés "la Nina", su juguete. Los testigos nos hablan de muchas ocasiones en que Él, casi siempre bajo la forma de niño revoltoso y reidor, le viene al encuentro. Jesús juega con ella –es su Quitapesares, como ella lo llama–. En fin, sus biógrafos enlazan unos con otros casos maravillosos. Como cuando la Beata sacó del pozo la llave de la despensa, que se le había caído, sirviéndose de un anzuelo hecho con un alfiler; o con huevos empollados frió una tortilla exquisita, y de harina estropeada amasó excelente pan; o con la fuerza de la oración reblandeció una roca que impedía las obras de saneamiento de los muros del convento. Son sólo botones de muestra de la inocencia infantil y la fe poderosa de Inés. Para quien, como Inés, estaba enamorada por Cristo, no podía ser difícil la vida en el monasterio. Al contrario, allí le era posible dedicarse por entero a Él. La Beata veía el convento como la casa donde Dios vivía, su templo, el jardín por donde paseaba su Nazareno de la O. Ella había sido admitida allí, y tenía que estar siempre gozosa y agradecida. Estaba justificado que bailara si se lo pedía el cuerpo; como hacía tantas veces, sobre todo en el coro cuando la comunidad daba gracias cantando el Te Deum.

Inés, nunca le sacó partido a la fama que tenía. Al contrario, la santidad era lo que la impulsaba a trabajar. Además, porque era su oficio: ingresó al convento como lega, esto es, no para pasarse horas con las demás en la iglesia, sino para dedicarse a las tareas domésticas. Y por más que, después de 20 años, la "ascendieron" a hermana de coro, ella no quiso dejar sus ocupaciones. Por lo que, siempre animosa y llena de paz, no cesaba de dar «gracias a Dios, que nos dejan barrer en la casa del Señor». Nadie la vio nunca ociosa, sino haciendo siempre las cosas con toda el alma. Su puesto oficial estaba en la cocina, de pinche, con lo que eso significa: era ayudante, recadera y moza de cántaro, todo en una pieza. Además de todo eso, se había reservado como propios los menesteres más humildes y desagradables. Por ejemplo, se encargó siempre de lavar y amortajar a las difuntas, después de haberlas asistido en la agonía, cosa que nunca dejó de hacer; y completaba luego su obra de misericordia limpiando las fosas y trasladando los restos al osario. Cuando se trataba de estos quehaceres, Inés no se preguntaba si le correspondían a ella o no; ponía, simplemente, manos a la obra. Ni los hacía porque fueran o no de su agrado. En su opinión, el gusto no es criterio válido para nada; su filosofía, sencilla, se la había grabado a fuego: «Con gana y sin gana, por amor de Dios». Las cosas valen lo que pesan de amor; todo lo demás es ganga.

De ella cuentan mil anécdotas en que palpablemente se sintió su protección. Los testigos hablan de inexplicables curaciones, de profecías, apariciones de la Beata en momentos de dificultad o peligro, perspicacia espiritual, «pellizquitos» –como ella decía–, o mociones interiores a personas ausentes... Sirva como ejemplo entre tantísimos casos, lo ocurrido con los 200 hombres que en julio de 1693 fueron llamados a las armas en Benigánim para, junto con otros pueblos del contorno, luchar por sus derechos contra las tropas reales, que defendían a los señores de la tierra. Antes de salir, pasaron por el convento y se encomendaron a la hermana Inés. Ella pasó aquel día y la noche en oración y, aunque la batalla fuera cruenta y desfavorable para los campesinos, los 200 de Benigánim volvieron ilesos y contando maravillas.

Anhelaba entrar del todo en el misterio de la cruz, cosa que sólo obtendrá tras 71 años de edad y 53 en el convento. Ya había estado al borde de la muerte en 1693, y se iba consumiendo a ojos vistas. Apoyada en un bastón, llegó confiada a los últimos días de 1695. Sabía que estaba ya en sazón, por lo que mandó avisos de despedida a sus allegados. Su vida se extinguió –no podía ser menos– el día de santa Inés, 21 de enero, de 1696. Su cuerpo permaneció expuesto a la veneración de los fieles durante más de tres días. Después fue enterrada con toda solemnidad, y empezó el proceso de su glorificación ante los fieles y ante la Iglesia. Benigánim y Valencia siguieron sintiendo la cálida protección de su hermana Inés. Eso quisieron reconocer y agradecer con la causa que se abrió en Valencia el año 1729 y culminó en Roma con la beatificación de Josefa María de Santa Inés, agustina descalza, el día 26 de febrero de 1888.